sábado, 12 de mayo de 2012

Homenaje a las Madres.




Mi madre me llamaba pequeño,
en aquellas tardes de recogimiento
casi religioso,
sentados junto a la escalera de la cocina
con mis gatos y mi barba hirsuta
que asomaba tímidamente.

Nunca le hablé de mis amores
con la muerte y con los días,
de mis sueños incumplidos,
del último beso a la mujer querida.

Me entusiasmaba reclinarme sobre sus faldas,
era como mi fuerte,
era yo su cálida espera,
su vida nueva,
impetuosa realidad
¡No! mi madre nunca dejaba de llamarme pequeño,
aunque los huesos me crecían
y la cara de pelos se me llenaba,
mi respiración se hacía pesada,
aunque  engordaran las lunas de mis lentes
y mis deseos carnales aumentaran…

Era su pequeño de la vida nueva,
de los ojos frescos , de manos cálidas
que juntaba las lágrimas del barrio,
para regar las semillas,
las plantas,
los polvorientos callejones,
lavar alguna mirada
o alcanzar agua humana
al que lo necesitara.

Cuan sabia era mi madre
al llamarme pequeño,
de no fijarse
en el tiempo que pasaba,
ahora que mis huesos ya no crecen
y mi rostro pario muchas miradas,
que soy despedazado por el hambre
del hombre,
ahora que de vez en cuando me cuesta soñar…
Madre,
no te equivocabas,
me han crecido los huesos,
mis deseos,
mi respiración,
pero el niño
que juntaba las manos
ya tiene frío
en un rincón de mi alma.

Madre, déjame volver a tu vientre,
a la espontaneidad necesaria,
a vibrar con los sueños del hombre,
a lavar alguna mirada…

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Feliz día , señoras nuestras.

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