Mi madre me
llamaba pequeño,
en aquellas
tardes de recogimiento
casi
religioso,
sentados
junto a la escalera de la cocina
con mis
gatos y mi barba hirsuta
que asomaba tímidamente.
Nunca le
hablé de mis amores
con la
muerte y con los días,
de mis
sueños incumplidos,
del último
beso a la mujer querida.
Me
entusiasmaba reclinarme sobre sus faldas,
era como mi
fuerte,
era yo su cálida
espera,
su vida
nueva,
impetuosa
realidad
¡No! mi madre
nunca dejaba de llamarme pequeño,
aunque los
huesos me crecían
y la cara de
pelos se me llenaba,
mi respiración
se hacía pesada,
aunque engordaran las lunas de mis lentes
y mis deseos
carnales aumentaran…
Era su
pequeño de la vida nueva,
de los ojos
frescos , de manos cálidas
que juntaba
las lágrimas del barrio,
para regar
las semillas,
las plantas,
los
polvorientos callejones,
lavar alguna
mirada
o alcanzar
agua humana
al que lo
necesitara.
Cuan sabia
era mi madre
al llamarme
pequeño,
de no
fijarse
en el tiempo
que pasaba,
ahora que
mis huesos ya no crecen
y mi rostro
pario muchas miradas,
que soy
despedazado por el hambre
del hombre,
ahora que de
vez en cuando me cuesta soñar…
Madre,
no te
equivocabas,
me han
crecido los huesos,
mis deseos,
mi respiración,
pero el niño
que juntaba
las manos
ya tiene frío
en un rincón
de mi alma.
Madre, déjame
volver a tu vientre,
a la
espontaneidad necesaria,
a vibrar con
los sueños del hombre,
a lavar
alguna mirada…
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Feliz día , señoras nuestras.
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