.
.
.
Tomaba un tren vacío e iluminado. Un vehículo de viaje fuera
de uso, fuera de época. Una estación pequeña. Postes alumbrados, ligeramente
ocultos bajo los álamos viejos están aquellos altoparlantes expectorando melodías.
Nada de palabras en ningún idioma.
Ninguna recomendación para los pasajeros y ningún pasajero.
Es algo extraño. Solo estoy yo con mis dudas estúpidas. Entre y me senté al
costado de la ventana. Siempre me ha gustado ver las cosas por una ventana. Me sentía
extraño. Esta estación de tren era
desconocida para mí, hasta hace unos pocos momentos. Una estación de tren en el
mismo centro de aquel parque donde antes
había descansado plácidamente.
Es raro.
Algo o alguien me invitada a iniciar el viaje. Sigo pensando
que nunca vi esta estación de tren. Mis piernas tiemblan nerviosamente ya que
no hubo preguntas a algún pasajero… ya que no había alguno, la verdad.
Miro la ventanilla y recuerdo. La estación estaba frente a mí,
a un costado del tren. Listo para partir. Unas bancas de madera, largas, vacías,
esperaban el cansancio de algún viajero. Los altoparlantes sobre mi cabeza,
derramando melodías estúpidas al viento. Me envolvía su ritmo de canción de
cuna. No me acuerdo bien el nombre… Pero los acordes estaban ahí. Tiernos,
traviesos, como dándome la bienvenida. La tarde se vuelve turbia.
No me preocupe por la ruta. Luego de subir al tren y
sentarme, sorprendido y callado. Sabía
que le destino final de este tren, también sería el mío.
Terca felicidad, que
sin hacer preguntas, obedecía como niño enamorado… (¿A
quién?, ¿A qué?)
El tren es extraño. Tan extraño como los pasos que doy,
siempre al caminar. Tan extraños como aquellos pasos que revelan un
conocimiento más allá de mi conciencia. Sabía que de
una manera u otra, que los boletos estaban en el bolsillo izquierdo de mis jeans.
La verdad, sabía que siempre estuvieron ahí. Una excusa para la cual no tomar
aquel tren. Sutil seguridad, los boletos… Seguridad, boletos, destino, boletos,
excusas, destino.
(Todo se vuelve confuso)
El lago de los cisnes. Pedro y el lobo quedaban atrás, en la
estación, atrapados entre los álamos de aquella tarde. Quedaban atrás… (¿Qué es
realmente lo que se mueve?...) Velozmente, atravesando
los segundo, las horas, los días, los
meses, años... Quede envuelto entre imágenes y sonidos. El tren avanzaba como
una piedra arrojada al fondo de un pozo. Veía rostros conocidos, recordaba
otros, pero pronto se arrugaban, como papeles consumidos por el fuego. Fuego
avivado por el rápido y silencioso desplazamiento del tren, colocándolos en
medio de los rieles, quedando triturados, pero sin conseguir muerte.
Desesperados, llamándome por mi nombre que pocos conocían. Miles de seres
quedaban atrás, allá, muy atrás, donde yo ya no los veía. Sus voces se
escuchaban cada vez más lejos. Sus rostros se derretían de mi mente, dejando un
fétido olor de aceite quemado, rancio, mezclado con mi nausea y mi profundo
desconcierto.
(Entre ellas , encontré su voz…)